martes, 14 de noviembre de 2017
4C cont
Escribir en la sección comentario una reflexión sobre su experiencia en el desarrollo de un acto de intercomunicación con la canción dada.
4B cont
Escribir en la sección comentario una reflexión sobre su experiencia en el desarrollo de un acto de intercomunicación con la canción dada.
4A cont
martes, 17 de octubre de 2017
La reflexión, un hacer
Aquí mi visión de lo que es la reflexión educativa, una percepción nada concluyente, con suficiente luminucidad como para arrojar un poco de luz. Esperamos sus oportunos comentarios y, sepan que serán gratificados...
martes, 29 de agosto de 2017
Primera lectura del año
ITOC Oxitocina de[1]
Miguel Serrano Larraz
INA
MIGUEL SERRANO LARRAZ | DEL: ESPAÑOL
Mi hermana siempre decía que era mucho mejor tener un sobrino que
tener un hijo. Supongo que nuestra madre habría estado de acuerdo. Según mi
hermana, con un sobrino disfrutabas de todo lo bueno, de todas las alegrías de
tener un niño cerca, pero sin ninguno de sus inconvenientes. El embarazo, por
ejemplo. Y el parto. Los pañales. Despertar a medianoche. Y, cuando crecen, no
tienes que reñirles, ni que educarlos, aseguraba mi hermana. La adolescencia,
ese misterio, esa sangría. Puedes limitarte a darles todos los caprichos y a
dejarte querer. Puedes comprar un pantalón, por ejemplo, pero no tienes la
obligación de comprar todos
los pantalones y de supervisarlos y de comprobar cómo se
desgastan y cómo se quedan pequeños. Puedes ver cómo crecen los niños, sí, pero
con distancia suficiente, a salvo de las explosiones y de los agujeros negros.
Por no hablar del tiempo, del tiempo que se escapa, de la sensación de que la
vida se desplaza lentamente hacia la nada como un barco a la deriva. Yo no
podía estar menos de acuerdo con aquellas afirmaciones, aunque fingía que sí.
Un barco a la deriva siempre es mejor que un barco que hace aguas por todas
partes, que se va a pique, que ya se hunde sin remedio. Yo quería todos esos
inconvenientes que enumeraba mi hermana. Yo quería planchar las rodilleras,
limpiar culos, poner el termómetro, ir a las revisiones del pediatra. Dormir
siempre mal, con una opresión en el pecho. Siempre es difícil llevarle la
contraria a una hermana mayor.
Laura era hija de mi hermana, y por lo tanto era mi sobrina. Una
niña frágil y fantasiosa que empezó a quedarse en mi casa una vez por semana,
después del colegio, cuando acababa de cumplir cuatro años. Nació en octubre.
Al principio nos pareció más conveniente que fuera los jueves, que pasara conmigo
las tardes de los jueves. Recuerdo la tarde en que Laura, sentada en el sofá,
señaló hacia el pasillo con una expresión de goce indudable, con esa mirada
brillante que solo tienen los niños. Era la segunda o la tercera vez que venía
a pasar la tarde conmigo, mi hermana aún no había llegado de la sesión y ya
empezaba a hacerse de noche, aunque acabábamos de merendar. Seguí la dirección
de la mirada de Laura, pero no había nada allí, nadie, solo mi triste pasillo
en penumbra. El suelo estaba lleno de miguitas de pan. Entonces ella me miró
fijamente y me dijo, entusiasmada: ¿No lo has visto? ¡Acaba de pasar un
fantasma! ¡Estaba asustado como una paloma! Aquel día supe que me había ganado
su confianza, porque ya era capaz de inventar junto a mí, de mentirme o de
bromear o de ponerme a prueba. Hasta entonces había permanecido en silencio.
Después de las navidades mi hermana decidió que era mejor que su
hija viniese a mi casa los viernes en lugar de los jueves. Ella, mi hermana,
salía agotada de las sesiones, así que parecía preferible que fuesen los
viernes por la tarde y que Laura se quedase a dormir conmigo. Mi apartamento
solo tenía un dormitorio, pero conseguimos una cama plegable, ya no recuerdo
cómo, tal vez la trajimos de la Torre, una cama diminuta con un colchón de
apenas diez centímetros de espesor. Aquellos primeros viernes de invierno Laura
durmió siempre de un tirón, exhausta por los juegos y la emoción de pasar la
noche fuera de casa (nunca antes lo había hecho), tal vez también por el
misterio de las actividades adultas y casi clandestinas de su madre. Tardó
varios meses en despertarse por primera vez en mitad de la noche, como hacía en
su casa de forma habitual, al menos según me contaba su madre. Uno de los
momentos más felices de mi vida fue la primera vez que Laura empezó a gritar en
mi apartamento a las tres o las cuatro de la mañana. En mi cama, en medio de un
sueño profundo, me despertó un llanto infantil situado a solo dos metros de mí
y durante unos segundos creí que quien lloraba era un bebé, mi hijo, un hijo o
una hija inexistentes (no he tenido hijos, claro) y en medio de ese
desconcierto, antes de ir a consolar a mi sobrina, lloré yo también, de alegría
y de intuición y tal vez de rabia. Me sumergí en el llanto de Laura y buceé en
él como en la idea de otra vida posible. Después me acerqué hasta su cama en la
oscuridad y vi que gritaba dormida, con los ojos cerrados y el labio inferior
tembloroso, los dedos rojos agarrados al borde del edredón. Le acaricié el pelo
y se calmó poco a poco, como si mis dedos le hubieran inyectado alguna droga.
Aquellas estancias periódicas duraron dos años. Compré un cepillo
de dientes, una almohada rosa con unos dibujos de animales, un pijama,
juguetes, galletas de distintas formas y colores. En su casa dormía siempre con
un oso de peluche que le había regalado Jaime, así que yo también le compré un
muñeco para que tuviera algo a lo que aferrarse por las noches. Encontré un
pato de tela que me cayó simpático desde el principio. Tenía la mirada vacía de
los animales disecados o falsos, pero no daba demasiado miedo, porque no
parecía real. No era sólido, había algo de gelatinoso en sus movimientos, solo
me costó diez euros. Yo lo guardaba en el armario empotrado de mi habitación y
todos los viernes por la mañana lo colocaba con cuidado debajo de mi almohada,
y lo primero que hacía Laura cuando entraba a mi casa era correr hasta mi cama
para destapar al muñeco y saludarlo. Ella creía que el pato pasaba toda la
semana allí, que dormía conmigo. Le daba un poco de pena que el muñeco no
tuviera niños con los que jugar. Supongo que mi vida le parecía previsible y
aburrida, a pesar de todo. Cada vez que Laura veía al pato, saltaba y chillaba
de alegría, como si a lo largo de la semana hubiese llegado a dudar de la
fidelidad del muñeco, o de la mía. Le inventamos un nombre, Feldespato. ¿Qué
tal estás, Feldespato? ¿Me has echado muchísimo de menitos?, decía Laura,
mientras le acariciaba el pico naranja o le besaba las patas amarillas y lo
llenaba de babas.
Me encantaba pasar los viernes con mi sobrina. La iba a buscar al
colegio con el coche, y pasábamos la tarde escuchando música, pintando, en el
parque o en el cine. Hacíamos carreras. Escondíamos objetos. Olíamos hojas y
pinturas. Nos maquillábamos. Bailábamos alrededor de una hoguera imaginaria
mientras tocábamos instrumentos invisibles. Al final de la tarde preparábamos
la cena: le gustaba probar, subida a una silla, cada uno de los ingredientes
que añadíamos a la pizza o a la ensalada. Antes de acostarla le leía un cuento.
Mi colección de cuentos infantiles creció poco a poco y pasó a ocupar más
espacio que mi propia biblioteca. Laura construía verbos a partir de
sustantivos: decía «bicicletear», «cuentear», «peliculear», «bocadillar».
También decía «mantar» en lugar de «arropar». Cuando estaba con ella el mundo
cambiaba de significado y cada objeto se convertía en una acción de maravilla
posible.
Perdí a Feldespato. Un viernes por la mañana, nada más
despertarme, tuve una extraña intuición, como un hueco que se abría en mitad
del pecho. De inmediato vi, o imaginé, la mirada indiferente del muñeco. Busqué
primero en el armario, donde lo guardaba siempre, y después, como un acto
reflejo, debajo de la almohada. A continuación rastreé sin éxito toda la casa,
al principio de forma alocada y aleatoria, después de forma sistemática. Los
nervios me llevaron a buscarlo en lugares que llevaba años sin recorrer, en la
esquina más inverosímil, debajo de la cama y del sofá, en el trastero, en una
gigantesca caja de cartón en la que guardaba cartas y papeles antiguos,
fotografías familiares, apuntes de la universidad. Pasé revista a mi vida y me
sorprendí de haber sido, no muchos años antes, otra persona. Me sentí culpable.
Recordaba que había metido el muñeco en la lavadora el domingo anterior, con
las sábanas de Laura, y recordaba haberlo tendido en la terraza, sujeto a la
cuerda con una pinza que le atenazaba el ala derecha y le daba un aspecto de
sometimiento, como una marioneta en espera de una mano que la llene y la anime.
Sin embargo, no tenía la certeza de haberlo colocado de nuevo en el armario, en
su sitio. Los gestos repetidos pierden nitidez, se amontonan como calcetines o
como camisetas, de dos en dos o de tres en tres, al final es imposible
distinguirlos. Por suerte, tenía tiempo y pasé por la tienda en la que había
comprado el muñeco perdido. Tenían varios iguales, colocados uno junto a otro
en una estantería, las patas colgando, sin vida, como niños que esperan su
turno. Todos con la misma postura de cansancio, con la misma expresión de nada.
Antes de ir a buscar a Laura coloqué
el pato nuevo debajo de la almohada. Me pareció idéntico al otro,
indistinguible. A lo mejor había alguna diferencia, el ligero desgaste del que
se había perdido, pero una niña de cuatro años no podía darse cuenta.
Cogí el coche y fui hasta el colegio. A esa hora era imposible
aparcar y siempre dejaba el coche en doble fila. Las madres (casi todas eran
madres) formaban un semicírculo en torno a la puerta. Los niños de primero de
infantil salían de uno en uno y corrían hacia la libertad. Laura solía ser una
de las últimas. Caminaba hacia mí sonriendo, pero sin precipitarse, como si ya
tuviera una idea precisa del concepto de dignidad.
Cuando llegué a casa con ella, repitió su ritual de todas las
semanas y corrió hacia mi cama. Levantó la almohada, sacó el muñeco y se lo
quedó mirando. La alegría desapareció de su cara. Me miró a mí. Volvió a mirar
al muñeco. Este no es Feldespato, dijo. ¿Dónde está Feldespato?
Tuve que explicarle lo que había pasado. Me disculpé una y otra
vez. Es difícil ponerle excusas a una niña de cuatro años. Aún no conocen los
códigos, y las explicaciones se enredan, parecen absurdas, no sirven. Pero a
medida que hablaba me di cuenta de que ella sentía más curiosidad que
decepción. No hubo ningún reproche, ni una sola lágrima. En vez de mirarme a
mí, miraba a su nuevo muñeco. ¿Sabes una cosa?, me dijo, por fin. Tenemos que
ponerle otro nombre. Ah, claro, respondí. Tiene que tener un nombre. Le sugerí
varios: Patoso, Matías, Ánade, Bartolo, Juan Carlos. Ninguno le parecía
adecuado. No tiene cara de Bartolo, decía, por ejemplo, mientras examinaba con
atención los ojos alucinados del muñeco. Pasamos la tarde así, mirando un pato
de tela. Laura se tomó el asunto con mucha seriedad. A mí me costaba aguantar
la risa. ¿Cómo había sabido que se trataba de otro muñeco? Fue por la noche,
después de que la ayudara a ponerse el pijama, cuando me anunció que ya había
encontrado el nombre adecuado. Se llamará Patológica, me dijo. Me quedé sin
habla. ¿De dónde habría sacado esa palabra? Porque no es un pato, no es
exactamente un pato, dijo. Es una chica, una pata. (Tenía una forma muy
graciosa de pronunciar algunos adverbios: no dijo «exactamente», claro, sino
«sastamente»: «no es sastamente un pato».) Le dije que entonces tendría que
llamarse Patalógica, y no Patológica. Se volvió a quedar pensativa. Se llama
Patológica, concluyó, dando por cerrada la conversación.
El sábado, cuando mi hermana vino a buscar a Laura mi sobrina le
contó a su madre las aventuras de la pata Patológica. «Lo mejor de todo», le
dijo, «es que no tenemos ni idea de que ha pasado con el otro muñeco. ¿Habrá
salido volando?». El domingo por la mañana sonó el timbre. La vecina de abajo
traía bajo el brazo el muñeco originario, Feldespato. Al parecer había caído
del tendedor a su terraza. A lo largo de la semana había pasado un par de veces
por casa, pero no había dado conmigo. Se lo agradecí. Coloqué los dos patos,
uno junto al otro, y traté de encontrar alguna diferencia entre ellos. Con un
rotulador negro tracé una F en la etiqueta del pato que me había traído la
vecina y una P en el que había comprado sólo tres días antes.
El viernes siguiente quise hacer un experimento. Coloqué bajo la
almohada el muñeco que tenía una F en la etiqueta. Fui a buscar a Laura al
colegio, y cuando entramos en mi apartamento ella fue hasta mi cama, retiró el
muñeco de debajo de la almohada y se puso a gritar como una loca: ¡Ha vuelto
Feldespato! ¡Ha vuelto Feldespato! ¿Dónde estabas, Feldespato?
Laura decía que Feldespato era un muñeco triste, y que Patológica
era una muñeca que siempre estaba contenta. No tenía ningún problema para
diferenciarlos. A partir de ese día empezó a dormir con los dos. Cuando se lo
conté a mi hermana, me dijo que yo siempre había sido, desde la infancia, una persona
muy despistada y, al mismo tiempo, con una enorme imaginación. Seguro que hay
algo que los distingue, algo que hasta una niña de cuatro años es capaz de
percibir, y sin embargo a ti se te escapa porque siempre estás pensando en otra
cosa. Sentí que en esas palabras había algo de reproche. No quise discutir.
Dos años después, cuando acabó todo, Laura se fue a vivir con su
padre a Salamanca. Le ofrecí los patos como regalo de despedida, pero no los
quiso. Están acostumbrados a tu casa, me dijo, en Salamanca estarían los dos
muy tristes y no sabrían que hacer. No les gustan las ciudades que no conocen.
Además, seguro que los cuidas muy bien. Tuve que reprimirme para no llorar
delante de la niña.
Sólo unos meses después desperté en mitad de la noche con la
certeza de que me estaba ahogando. Encendí el televisor y traté de ver una
película. Me comí una mandarina. Era viernes, así que al día siguiente no tenía
que ir al despacho. Ya estaba amaneciendo cuando abrí la puerta del armario.
Saqué los dos muñecos y les pasé la mano por la tripa de tela. Me fijé en las
etiquetas y me di cuenta de que las letras, que los distinguían se habían
emborronado. La P y la F parecían iguales, una mancha vertical. Me pregunté si
Laura todavía sería capaz de distinguirlos, de decirme cuál era cuál. Me acordé
de mi infancia, de mi hermana, de nuestra madre, de los veranos en la Torre,
cuando nos bañábamos en una palangana enorme y llena de bichos. ¿Tu eres
Patológica, verdad?, le dije a uno de los muñecos. Devolví al otro al fondo del
armario. Espero haber acertado, pensé, mientras me metía en la cama. Me abracé
al muñeco con fuerza hasta que me venció el sueño. Cuando desperté, casi ocho
horas después, el trozo de tela seguía allí. Fui al cuarto de baño, cogí las
tijeras con las que me cortaba las uñas (las mismas que había utilizado tantas
veces para cortarle las uñas a Laura) y volví a la cama. Miré al muñeco, miré
la etiqueta, llegué a sostenerla entre los dedos índice y pulgar de la mano
derecha, pero no me decidí. ¿Y si me equivocaba?
lunes, 27 de febrero de 2017
Tipos de argumentos
Clasifique los siguientes argumentos en: hechos, ejemplo, autoridad, causa y efecto, valor y definición.
1-Mármol indicó que la lectura promedio de libros
al año en Latinoamérica y el Caribe arrojó entre dos y cinco libros, mientras
que en España llegó a 10. Señaló que también es sorpresivo el dato de que un
alto porcentaje de los lectores de libros en nuestro país utiliza las
bibliotecas escolares o universitarias, públicas o privadas.
2-La República Dominicana, con un 32%, ocupa el
segundo lugar entre once países de América Latina y el Caribe con menor
población de no lectores de libros, solo superado por Chile.
3-Los tres países con mejores
promedios fueron México, Chile y Costa Rica. Los estudiantes chilenos de tercer
y sexto curso alcanzaron los mayores puntajes en lectura, con 802 y 776
respectivamente. En matemáticas, Chile repite con el mejor promedio para tercer
curso, con 787. Mientras que en sexto curso, Chile y el estado de Nuevo León,
en México, sumaron los mayores promedios, con un empate de 793 puntos. En
ciencias, los estudiantes chilenos de sexto curso (no se aplicó en el tercer
curso) repiten el más alto puntaje, con 768. Para la escritura, también los
chilenos suman los mayores puntajes, con 3.23 en tercer curso, y 3.55 en sexto
curso.
4-Como lo
señalamos, la lectura favorece el desarrollo motor, lingüístico, emocional,
cognitivo, social y lúdico de los niños y niñas. Pero también estimula el
vínculo entre los miembros de una familia y de su comunidad. La lectura nos
permite estimular nuestra imaginación, ampliar nuestro conocimiento, nuestro
lenguaje y mejorar nuestra comprensión del mundo. La lectura no está sólo en los
libros; son también las historias, relatos, leyendas, canciones y juegos.
Cuando se cuenta una historia se recrea la memoria, comprendemos nuestro
entorno, reconocemos el medio en el que vivimos.
5-Los
libros son como el fuego, iluminan la ignorancia, la incendian, la consumen,
son capaces de despertar mentes; derrumbar prejuicios, desatan la creatividad;
abren posibilidades y mundos nuevos a quien se acerca a ellos. Sus bondades
sólo son comparables con sus retos: amenazados por atractivos distractores como
Internet, la televisión y las redes sociales, sumados a la apatía y el
desinterés, corren el riesgo de ser usados únicamente para eliminar la cojera
de algún mueble o como objeto decorativo.
6-Felipe
Rosete, directivo de la editorial mexicana Sexto Piso, comenta al respecto: “La
mayoría no lee porque no tiene acceso a los libros, ni quien los inicie en la
lectura; muchos no tienen la posibilidad de ir a la escuela, ni de comer, eso
hace que un libro sea lo más lejano en sus perspectivas, en su realidad, los
libros son un artículo asociado a las clases medias y altas, sobretodo las
medias”.
7-La mayoría de abortos
naturales se
producen durante el primer trimestre de gestación, de hecho, es la complicación
más común durante el embarazo. Dependiendo del momento en que éste se produzca,
podemos distinguir, por ejemplo: El Aborto temprano éste suele
ocurrir debido a alteraciones genéticas y tiene lugar durante los días después
de la implantación del óvulo fecundado. Otro tipo es el prematuro ocurre antes
de las 12 semanas de embarazo y el tardío se produce a partir de la semana 13 de embarazo.
8-El médico también
resaltó que una situación que puede representar complicaciones a futuro es no
expulsar en su totalidad el feto, ya que si parte de este queda dentro de la
mujer, puede provocar infecciones que deben ser tratadas por un especialista. Otras
de las consecuencias son la ruptura del útero, que puede ser fatal si no se
tiene la posibilidad de recibir asistencia médica y esto es fácil de evidenciar
ya que se refleja con una hemorragia intensa difícil de detener.
Buenas, estudiar...
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